jueves, 27 de abril de 2023

Destino ineludible

1
   La cortina de lluvia era tan densa como espeso es el petróleo, y apenas era posible dar un paso sin tropezar con, literalmente, cualquier cosa.
  Sin embargo, la fortuna me sonrió al permitirme distinguir, entre los borrosos edificios que brotaban del empapado suelo urbano, la entrada de una cervecería de estilo irlandés. Tal vez en su interior podría, al fin, esquivar a aquella que me persigue, al tiempo que refugiarme del torrente húmedo que asola la ciudad.
  La tenue luz de color anaranjado envuelve mi chubasquero azul marino mientras entro lentamente en un desolado local, donde sólo se encuentra el camarero tras la barra, a la que pasa una bayeta con actitud despreocupada.
  -¡Vaya noche!, ¿verdad, amigo?- saluda con tono neutro.
  Me dirijo a la barra lentamente, dejando tras de mí un reguero acuoso y una fila de huellas empapadas. Me siento sobre el asiento redondo de cuero rojo tachonado del taburete que hay junto a la barra, casi frente al camarero, le saludo con un leve asentimiento de cabeza y le pido una caña de cerveza negra.
  Perdido en oscuros pensamientos, me sobresalto cuando escucho el golpe seco con el que el vaso con la bebida solicitada aterriza sobre la madera pulida de la barra, producto de cierta prisa que el camarero manifiesta, pues otros clientes han entrado en la semioscuridad del lúgubre local.
  Inconscientemente, miro de soslayo a los recién llegados, en parte temiendo que aquella que me persigue se encuentre entre ellos. Mas es una idea sin fundamento alguno, pues no le gustan los grupos de gente. Se trata de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, que alegre y despreocupadamente se divierten entre bromas y risas; se sientan alrededor de una de las mesas tenuemente iluminadas por la luz antes mencionada, inconscientes de que la oscuridad invade el mundo tan lenta y silenciosamente que la mayoría de la gente no se percata de que está sucediendo.
  Vuelvo la vista al vaso que contiene la oscura bebida, lo cojo casi mecánicamente y tomo un sorbo del brebaje que contiene. Al tiempo que me dejo llevar por la fresca sensación del líquido que desciende por mi garganta, mi mente se tranquiliza y detiene su continuo bullir sin propósito ni sentido, permitiéndome uno de los pocos instantes de paz que tengo desde hace demasiado tiempo atrás.
  Cuando termino el trago, como si de un inmenso ariete se tratase, vuelven a su lugar los caóticos y sombríos torbellinos de pensamiento golpeando con una fuerza tan inmensa que casi me hacen perder el equilibrio.

2
  La noche lluviosa no impide que nuevos clientes penetren atropelladamente en el local.
  Sin prisa, pero sin pausa, termino mi bebida sin mediar palabra con nadie, pero atento sobradamente a todo lo que me rodea. Las conversaciones desenfadadas fluyen entre el sonido de la música del local, compuesta, principalmente, por folk celta en sus subgéneros más variopintos; otros diálogos son algo más serios, como los de algunas mujeres que se quejan, no sin razón, de ciertas actitudes y malos hábitos de los hombres y, curiosamente, acaban siendo atraídas por hombres que siguen llevando a cabo esas malas prácticas, mientras desdeñan  a aquellos que sí las tratarían bien.
  Afortunadamente para mí, la gente que se va acumulando cual rebaño de ovejas dentro de este local, hará que mi acosadora se lo piense dos veces antes de venir a buscarme a este lugar. Lo que hace que levante el brazo al camarero para pedir otra ronda.
  Tras un tiempo indeterminado se me acerca una mujer bastante ebria e intenta entablar, de un modo bastante torpe, típico de su condición, una conversación conmigo. De buenas maneras, y tras mucha paciencia escuchando su perorata, consigo que desvíe su atención a otra persona, hacia la que se acerca zigzagueando de un modo grotesco.
  ¡Es sorprendente la fauna que se puede ver en la noche!
  La mayoría de los seres humanos viven inmersos en la ilusión de que han dejado de ser animales, pero ciertos entornos, entre otras cosas, demuestran lo que somos en realidad: animales. La noche de fiesta es uno de tales entornos. A mi alrededor observo a hombres tratando de engañar a las mujeres con el único objetivo de acostarse la misma noche con ellas y, si no lo consiguen con falsas apariencias, las emborrachan o emplean métodos más oscuros; también hay otras personas que buscan peleas de maneras absurdas, lo que los efectos del alcohol empeora; en algunos rincones, personas ebrias se pierden en ensoñaciones etílicas.
 Sin embargo, toda la barbarie que me rodea me mantiene a salvo de sus terribles garras. Pues mi perseguidora rehúye las multitudes, y por eso me ataca cuando me encuentro entre las solitarias paredes del lugar donde me refugio, que para mí es una cueva, un mausoleo, un agujero negro cada vez más amplio que me va apartando cada vez más del mundo, pero que nada tiene que me permita llamarlo hogar.
  Poco importan mis esfuerzos para mantenerla alejada, pues toda aquella persona a la que trato de acercarme para que me ayude a combatirla termina alejándose más y más de mí, permitiéndole aproximarse y envolverme con sus gélidas manos. Además, debo asumir que tales empeños son fútiles, pues hace tiempo ya que unas visiones en forma de sueños me alertaron que ella acabaría por ganar la batalla. Y nadie puede luchar contra el destino, por mucho tesón que emplee en tal tarea.
  Muy a mi pesar, tampoco mis allegados, tanto familiares como amigos, a los que aprecio sobremanera, pueden hacer nada al respecto más que aconsejarme y alejarla levemente de modo temporal.

3
  La temida hora del cierre del local ha llegado mientras me perdía en las oscuras e inevitables cavilaciones que me acompañan casi cada momento de mi vida desde hace algún tiempo. Salgo a la calle aguardando que ella no se encuentre cerca, agazapada, observándome desde alguna de las oscuras esquinas que hasta la luz de las farolas rehúyen como a la peor de las pandemias.
  Camino por las calles con la vaga esperanza de que, una vez más, no venga tras de mí esa criatura oscura y gélida más terrorífica que la propia muerte, pues esta última suele traer sosiego, mientras que la primera casi siempre trae un doloroso tormento. Mis pasos resuena en las calles vacías al tiempo que siento cómo se acerca, sin prisa, pero sin pausa, aquella que siempre me pretende acompañar, atestada de terribles celos del resto de las personas, de las que siempre pretende aislarme.
  Llego a mi cobijo y cierro la puerta tras de mí pero, después de escuchar el metálico sonido del cierre, me giro hacia el interior del mismo y allí me la encuentro. Una vez más se me ha adelantado, y una vez más su gélida presa aprieta mi alma, angustiándola hasta límites en los que el sólo mi fuerza de voluntad continúa manteniendo unidos sus pedazos.
  Sólo el sueño reparador aleja a esta horrenda cosa de mí, pero tan solo es una solución temporal, como la del tiempo pasado con las personas queridas. Largo tiempo he pensado en alguna posible solución contra esta aliada de la Parca, que puede llevar a la locura y a otros inconvenientes, y pocas ventajas da a cambio: una de ellas sería un sueño perpetuo, el coma, no la muerte; otra solución sería alguna medicina que aletargue las emociones, pero también embotaría la inteligencia, lo cual no suele ser buena consecuencia; mas el mejor remedio contra este ser terrible que pretende ahogarme sería, sin duda, la compañía que proporciona una relación sentimental sana que se base en compartir y construir.
  Pero el sino no me permite combatir convenientemente a este enemigo silencioso y gélido, y sólo me queda aguantar y resistir mientras ella juega conmigo a su terrible juego de emociones negativas y desesperantes, mientras intento ocultarlo lo mejor que puedo para que la gente que estimo no se percate de esta lucha continua, que desgasta lentamente mis ganas por hacer otras cosas.
  Ya que es inevitable que termine mis días en el glacial abrazo de la espeluznante soledad.

  

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