Informe de combate del
sargento Félix Barceló (01/10/4572)
Desperté con el cuerpo totalmente dolorido y
la boca seca. Por los sonidos chirriantes de los servos, averigüé al instante
que el exoesqueleto que formaba la armadura de combate estaba parcialmente
dañado. Lo único que pude hacer en ese instante, fue sentarme con dificultad en
el pedregoso suelo desértico y atisbar el horizonte en busca de alguna señal
que me indicase dónde me encontraba, mas nada pude hallar que respondiese a esa
simple pregunta. Viera a donde viera, sólo aparecía una inmensa llanura
desértica al fondo de la cual aparecían las siluetas de varias montañas de un
color anaranjado totalmente desconocidas para mí.
Lógicamente, mi siguiente acción fue
comprobar si el comunicador interno de mi casco integral funcionaba, para
poder, de este modo, contactar con alguno de los miembros de mi batallón o con
alguno de mis superiores. Pero, pese a que los sistemas de sensores y
comunicaciones pasaban todos los exámenes del sistema operativo perfectamente,
los primeros no detectaban a ningún otro ser humano en kilómetros a la redonda,
mientras que los segundos tan solo me mostraban silencio.
Tras darme cuenta de que estaba completamente
solo en un terreno desconocido, busqué mi arma principal, un fusil de asalto de
energía de fusión, y comprobé su funcionamiento, sólo para encontrarme con que
tampoco funcionaba. Afortunadamente, en medio de este cúmulo de sucesos
desafortunados, mi arma secundaria, una pistola
de balas explosivas, estaba en perfecto estado, dentro de su cartuchera
del lado derecho del cinturón de combate.
La brújula digital me indicó perfectamente,
con sus brillantes cifras electrónicas del interior del casco, mi posición en
grados de latitud y longitud, por lo que envié un mensaje en todas las
frecuencias que conocía de las que usaba el ejército para el que trabajaba.
Tenía la esperanza de que alguien recibiría mi baliza y enviaría a un equipo de
rescate a buscarme, razón por la cual, me quedé sentado en medio de aquel
desierto pedregoso de arenas anaranjadas a la espera de mis aliados. Mientras
aguardaba, intenté hacer acopio de memoria, tratando de recordar cómo había
llegado hasta aquel inhóspito lugar.
Mi batallón fue enviado, junto a muchos
otros, a la guerra que la Tierra está librando con el planeta conocido como
Riskar III, en un empeño de conquistarlo para aprovechar sus recursos
naturales, tan escasos en nuestro planeta debido a la sobreexplotación de los
siglos anteriores. Una vez allí, nos pusimos a las órdenes del comandante
Yoshiro, que al instante nos puso al corriente de la situación de la guerra
hasta el momento y organizó los batallones según su estrategia. A mi batallón
le tocó combatir en primera línea de batalla, en un cuadrante al que los
alienígenas nativos llamaban Xixet, aunque no sé si se trata del nombre de una
población local, de una región, de una especie de nación, o de un continente. Entramos
en las embarradas trincheras un lluvioso día, mientras los escuadrones de
tanques aerodeslizantes y los bombarderos hacían su parte, sembrando de
cadáveres las trincheras del enemigo al mismo tiempo que nuestros cañones de
fusión, manejados por expertos artilleros, trataban de derribar los grotescos
vehículos de combate de nuestros adversarios y los miembros de la infantería,
como nosotros, respaldábamos todo ese despliegue de maquinaria acribillando con
nuestros fusiles de fusión a los miembros de la infantería enemiga que
intentaban acercarse lo suficiente para enviarnos bombas de algún tipo, que
inutilizaba nuestra propia maquinaria bélica, o tratábamos de hacer lo mismo
con la suya. Al mismo tiempo, los alienígenas, seres humanoides de piel
lechosa, con seis pequeños ojos en sus rostros, boca que se abre en sentido
vertical, cuatro brazos con manos de tres dedos, dos piernas, y un torso más
voluminoso que el del ser humano, hacían prácticamente lo mismo que nuestro
ejército.
Tras varias semanas en esa situación, las
continuas explosiones de energía, el constante clima adverso, y ver muertos,
aliados y enemigos, ya no nos afectaban lo más mínimo. Y, por orden directa de
nuestro comandante, nuestro batallón salió de las trincheras para intentar
destruir un cañón de fusión de nuestros adversarios que había derribado a un
gran número de nuestros bombarderos.
Era una noche lluviosa cuando nos desplegamos
en medio de los tiroteos y los constantes bombardeos. Esperábamos pasar
desapercibidos en medio de todo el alboroto, pero no fue posible. Un grupo de
alienígenas avistaron a nuestro pelotón y comenzaron a dispararnos sin piedad.
Al instante di la orden para echarnos al suelo u ocultarnos en medio de los
cascotes de los restos de una antigua casa que quedó bastante destrozada por
las anteriores batallas allí libradas. Algunos de mis hombres no respondieron a
tiempo y los haces de energía destruyeron sus armaduras de combate, quedando
sus cadáveres tendidos en el frío barro de la oscura zona. A uno de mis
subordinados se le ocurrió la desafortunada idea de lanzar una granada
energética, pero cayó también al tiempo que el explosivo volaba hacia el lugar
de donde salían los disparos. Lo peor es que la explosión, a pesar de matar a
la mayoría de nuestros adversarios, cuyos pedazos se esparcieron por un gran
radio del lugar donde nos encontrábamos, salpicando de sangre amarilla todo lo
que allí había, atrajo la atención de uno de los tanques del ejército enemigo,
que hizo girar su torreta y lanzó un potente rayo de fusión justo en medio de
nuestra posición.
Acto seguido, fui despedido hasta chocar y
atravesar una de las viejas paredes de cemento de las ruinas donde habíamos
buscado cobertura contra el pelotón alienígena. Y al caer pesadamente en el
duro suelo, sin soltar mi fusil de asalto, cayeron sobre mí varios cascotes de
la mencionada pared junto con un revuelto de vísceras y sangre humana. Mientras
estaba allí, incapaz de moverme por el dolor y el peso de los restos de cemento
y piedra, la lluvia limpiaba las partes descubiertas de mi exoesqueleto, y se
llevaba lentamente mi consciencia junto a los restos de carne y sangre de mis
aliados. Luego vino la oscuridad y la paz… hasta que desperté en este desierto
alejado del campo de batalla.
Pasaron las horas, y nadie parecía haber
escuchado mi aviso de socorro. Comprobé nuevamente los instrumentos digitales
de comunicación de mi armadura de combate y todo seguía estando perfectamente.
Pese al sistema artificial de soporte vital, que contrarresta, hasta cierto
límite, los efectos de los climas extremos, notaba cómo el sol calentaba el
exterior del exoesqueleto. Lo grave de la situación era que no tenía allí nada
para poder comer o beber, y la sed comenzaba a apoderarse con lentitud de mí.
Tomé la determinación de comenzar a moverme
hacia donde los sensores habían calculado que se encontraba mi último puesto.
Al menos, seguía en Riskar III. Además, cada diez kilómetros, enviaría nuevos
mensajes con las coordenadas actualizadas para que el posible equipo de rescate
me pudiera seguir la pista.
La marcha fue lenta y pesada a través de una
llanura que parecía no tener fin. A pesar de llevar varias horas caminando, las
montañas del horizonte no parecían acercarse lo más mínimo. Este hecho podía
deberse a un efecto óptico propio de los desiertos y otras regiones con grandes
explanadas o a algún factor extraño que desconocía por completo.
No obstante, el esfuerzo físico no
representaba un problema excesivamente complicado, dado mi entrenamiento
militar, además, mientras las baterías de fusión de la armadura de combate
tuvieran carga, ésta sería igual de liviana que un traje de verano. Pero lo que
realmente trastornaba mi mente era la terrible soledad a la que me habían
forzado las circunstancias de aquellos momentos. Pues nadie se comunicaba
conmigo y a nadie veía durante mi trayecto por aquel yermo soleado. De este
modo, la terrible soledad se abatía sobre mí, tentándome a no proseguir con
falsas promesas o con amenazas de posibles sucesos que, en ese momento, no
podía refutar.
La soledad es un azote que sufre todo ser
humano, aunque a veces esté rodeado de gente, pues no es del todo un estado
físico, sino que en su mayor parte se encuentra en la mente humana, agazapada,
esperando la oportunidad de destruir la felicidad de cualquiera que, consciente
o inconscientemente, se lo permita. Esa misma soledad es uno de los auténticos
enemigos del ser humano porque, por mucho que se esfuerce una persona, siempre
habrá momentos en los que se sienta sola, y, entonces habrá perdido esa
batalla, aunque no la guerra.
Algunos dicen que la soledad es útil para
reforzar la individualidad del ser humano, pero, al igual que otros estados de
éste, se trata de un arma de doble filo que, si puede, se volverá contra su
portador. Mas todos los seres humanos somos portadores de la soledad, que
alimenta nuestra tristeza y desmiembra nuestras esperanzas para lograr la
felicidad.
Pero, ¿de qué modo combatimos la soledad?
La solución más popular es la búsqueda de
otras personas con las que compartir nuestros sueños, nuestras aficiones,
nuestras inquietudes y, en fin, todo aquello que forma nuestra vida; y la
máxima expresión de esta opción es el amor, que representa, sin duda la mejor
arma contra la soledad…, mientras dure, pues si falla, la soledad ganará mucho
más terreno, desesperando más acusadamente a la persona. Otra opción, menos
apropiada pero, desgraciadamente, bastante recurrente por los seres humanos, es
la evasión de la realidad por parte de la persona que se siente sola; existen
muchos modos de realizar esta evasión, desde las drogas de mayor o menor
categoría, hasta los medios audiovisuales, en los que cualquiera se puede
desconectar de la realidad. Pero aquellos que recurren a este último recurso,
pueden terminar perdiéndose y olvidando cuál es la realidad. El método más
adecuado para vencer de manera casi permanente a la soledad es logrando un
equilibrio con ella, es decir, demostrándole que se puede vivir normalmente
tanto acompañado, como en soledad; por desgracia, pocas personas consiguen
alcanzar tal equilibrio. Por último, están aquellos que se rinden a la soledad
y llegan a la errónea conclusión de que el único medio de vencerla es dejando
de vivir, cuando, en realidad, es lo contrario; ya que el triunfo de la soledad
sobre el ser humano llega cuando alimenta su desesperación y su tristeza hasta
tal punto que le obliga a dejar de existir.
Mientras estas reflexiones sobre mi situación
actual llenaban mi mente, en un intento racionalizado por combatir la soledad
que me atenazaba en aquellos instantes, pude ver varias plantas muy parecidas a
las terfezias terráqueas, o trufas del desierto, bajo un montículo de arena.
Probé un pequeño pedazo de una de ellas, para comprobar que no era tóxica, y al
ver que no era venenosa, consumí todas las que había, lo cual alivió un poco
tanto mi hambre como mi sed del día, que estaba terminando, tiñendo de tonos
ocres el cielo violáceo de aquel planeta mientras el sol del sistema planetario
se ocultaba tras las aún lejanas montañas. Y el extremo frío sustituyó al calor
extremo.
Un manto de estrellas cubrió el cielo que,
desde aquel páramo, se veía inmenso. En cierto sentido, me daba la sensación de
encontrarme en una curiosa catedral antigua cuya cúpula estaba particularmente
pintada para dar una terrible sensación de grandeza que empequeñecía a la
criatura más poderosa. Pero, por otra parte, esa ventana al universo que es el
cielo nocturno sólo acrecentaba mi sensación de soledad al mostrarme el enorme
vacío espacial.
Mientras intentaba desechar esas ideas de mi
mente, me planteé ser práctico y buscar algún tipo de refugio en medio de aquel
desierto pedregoso. Gracias a mi casco, que tiene visor nocturno, pude
contrarrestar la poca luz, procedente de las lejanas estrellas, que había en la
zona, y mirar en las tinieblas como si estuviese a pleno día.
Después de un par de horas deambulando por el
solitario desierto, en el que tan solo las criaturas nocturnas de ese tipo de
terrenos aparecían de vez en cuando, para ocultarse nuevamente casi al segundo,
hallé una pequeña gruta donde poder descansar con cierto resguardo. A pesar de
que los sistemas de mi armadura continuaban contrarrestando las inclemencias
del clima local prefería la escasa seguridad y recogimiento de un lugar donde
no soplase casi continuamente el viento frío de la noche. Por lo tanto, apoyé
mi espalda contra la pétrea pared anaranjada de la gruta y me tumbé para
disponerme a descansar.
Mas no conseguí dormirme fácilmente, pues el
hecho de estar en un lugar inhóspito y desconocido mantenía mis sentidos y mi mente en un estado
de alerta casi constante. No obstante, tras varias horas, el cansancio venció a
mi despierto estado de alerta.
El comandante Yoshiro presionó la tecla que
apagaba la pantalla donde había estado leyendo el informe del sargento Barceló,
y se acomodó en su sillón en actitud reflexiva. Tras varios minutos, llamó al
doctor Huckson por el intercomunicador, que no tardó en aparecer.
- ¿Cómo está el sargento ahora mismo? – preguntó
el comandante.
- Físicamente, está como un roble, tras haber
salido del coma hace un mes, pero su mente continúa estando algo confusa – fue
la respuesta del doctor.
- ¿Los implantes cibernéticos no han sido
rechazados por su organismo?
- Aparentemente no, aunque su implante cerebral
sigue enviando informes sobre la situación ficticia en la que está inmerso.
- ¿Es posible que sea una respuesta negativa a
los implantes?, ¿qué ese mundo imaginario donde cree estar sea un refugio
mental para no reconocer su situación real?
- En ese caso, podría afirmar que está
comenzando el proceso de rechazo de los mismos. Sería un rechazo del tipo B34,
es decir, aunque voluntariamente acepta su nueva condición, su subconsciente no
lo hace, obligándole a permanecer en ese estado de autismo.
- Él cree que está solo, deambulando por un
desierto sin poder contactar con nadie más, ¿se podría engañar al resto de su
cerebro para crear una especie de respuesta que lo devolviera a la realidad?
- Sería muy arriesgado, señor. Ya que podría
enloquecer del todo. Y, con todos mis respetos, no creo que quiera un soldado
cibernético mentalmente inestable.
- No…, por supuesto. Pero me apena mucho que
otro hombre valiente acabe en un estado tan lamentable.
- El Proyecto Cibersoldado, como sabe, se creó
para rehabilitar a los soldados caídos en batallas cuyo perfil ha sido aprobado
para ello, pero la mente humana sigue siendo demasiado compleja para poder
determinar todos los pormenores que puedan surgir.
- Es una pena que un héroe no sepa que lo es – concluyó
el comandante mientras hacía un gesto al doctor para que dejara la estancia.



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