lunes, 18 de junio de 2018

TIERRA DE NADIE


Informe de combate del sargento Félix Barceló (01/10/4572)

  Desperté con el cuerpo totalmente dolorido y la boca seca. Por los sonidos chirriantes de los servos, averigüé al instante que el exoesqueleto que formaba la armadura de combate estaba parcialmente dañado. Lo único que pude hacer en ese instante, fue sentarme con dificultad en el pedregoso suelo desértico y atisbar el horizonte en busca de alguna señal que me indicase dónde me encontraba, mas nada pude hallar que respondiese a esa simple pregunta. Viera a donde viera, sólo aparecía una inmensa llanura desértica al fondo de la cual aparecían las siluetas de varias montañas de un color anaranjado totalmente desconocidas para mí.
  Lógicamente, mi siguiente acción fue comprobar si el comunicador interno de mi casco integral funcionaba, para poder, de este modo, contactar con alguno de los miembros de mi batallón o con alguno de mis superiores. Pero, pese a que los sistemas de sensores y comunicaciones pasaban todos los exámenes del sistema operativo perfectamente, los primeros no detectaban a ningún otro ser humano en kilómetros a la redonda, mientras que los segundos tan solo me mostraban silencio.

 
  Tras darme cuenta de que estaba completamente solo en un terreno desconocido, busqué mi arma principal, un fusil de asalto de energía de fusión, y comprobé su funcionamiento, sólo para encontrarme con que tampoco funcionaba. Afortunadamente, en medio de este cúmulo de sucesos desafortunados, mi arma secundaria, una pistola  de balas explosivas, estaba en perfecto estado, dentro de su cartuchera del lado derecho del cinturón de combate.
  La brújula digital me indicó perfectamente, con sus brillantes cifras electrónicas del interior del casco, mi posición en grados de latitud y longitud, por lo que envié un mensaje en todas las frecuencias que conocía de las que usaba el ejército para el que trabajaba. Tenía la esperanza de que alguien recibiría mi baliza y enviaría a un equipo de rescate a buscarme, razón por la cual, me quedé sentado en medio de aquel desierto pedregoso de arenas anaranjadas a la espera de mis aliados. Mientras aguardaba, intenté hacer acopio de memoria, tratando de recordar cómo había llegado hasta aquel inhóspito lugar.
  Mi batallón fue enviado, junto a muchos otros, a la guerra que la Tierra está librando con el planeta conocido como Riskar III, en un empeño de conquistarlo para aprovechar sus recursos naturales, tan escasos en nuestro planeta debido a la sobreexplotación de los siglos anteriores. Una vez allí, nos pusimos a las órdenes del comandante Yoshiro, que al instante nos puso al corriente de la situación de la guerra hasta el momento y organizó los batallones según su estrategia. A mi batallón le tocó combatir en primera línea de batalla, en un cuadrante al que los alienígenas nativos llamaban Xixet, aunque no sé si se trata del nombre de una población local, de una región, de una especie de nación, o de un continente. Entramos en las embarradas trincheras un lluvioso día, mientras los escuadrones de tanques aerodeslizantes y los bombarderos hacían su parte, sembrando de cadáveres las trincheras del enemigo al mismo tiempo que nuestros cañones de fusión, manejados por expertos artilleros, trataban de derribar los grotescos vehículos de combate de nuestros adversarios y los miembros de la infantería, como nosotros, respaldábamos todo ese despliegue de maquinaria acribillando con nuestros fusiles de fusión a los miembros de la infantería enemiga que intentaban acercarse lo suficiente para enviarnos bombas de algún tipo, que inutilizaba nuestra propia maquinaria bélica, o tratábamos de hacer lo mismo con la suya. Al mismo tiempo, los alienígenas, seres humanoides de piel lechosa, con seis pequeños ojos en sus rostros, boca que se abre en sentido vertical, cuatro brazos con manos de tres dedos, dos piernas, y un torso más voluminoso que el del ser humano, hacían prácticamente lo mismo que nuestro ejército.
  Tras varias semanas en esa situación, las continuas explosiones de energía, el constante clima adverso, y ver muertos, aliados y enemigos, ya no nos afectaban lo más mínimo. Y, por orden directa de nuestro comandante, nuestro batallón salió de las trincheras para intentar destruir un cañón de fusión de nuestros adversarios que había derribado a un gran número de nuestros bombarderos.
  Era una noche lluviosa cuando nos desplegamos en medio de los tiroteos y los constantes bombardeos. Esperábamos pasar desapercibidos en medio de todo el alboroto, pero no fue posible. Un grupo de alienígenas avistaron a nuestro pelotón y comenzaron a dispararnos sin piedad. Al instante di la orden para echarnos al suelo u ocultarnos en medio de los cascotes de los restos de una antigua casa que quedó bastante destrozada por las anteriores batallas allí libradas. Algunos de mis hombres no respondieron a tiempo y los haces de energía destruyeron sus armaduras de combate, quedando sus cadáveres tendidos en el frío barro de la oscura zona. A uno de mis subordinados se le ocurrió la desafortunada idea de lanzar una granada energética, pero cayó también al tiempo que el explosivo volaba hacia el lugar de donde salían los disparos. Lo peor es que la explosión, a pesar de matar a la mayoría de nuestros adversarios, cuyos pedazos se esparcieron por un gran radio del lugar donde nos encontrábamos, salpicando de sangre amarilla todo lo que allí había, atrajo la atención de uno de los tanques del ejército enemigo, que hizo girar su torreta y lanzó un potente rayo de fusión justo en medio de nuestra posición.
  Acto seguido, fui despedido hasta chocar y atravesar una de las viejas paredes de cemento de las ruinas donde habíamos buscado cobertura contra el pelotón alienígena. Y al caer pesadamente en el duro suelo, sin soltar mi fusil de asalto, cayeron sobre mí varios cascotes de la mencionada pared junto con un revuelto de vísceras y sangre humana. Mientras estaba allí, incapaz de moverme por el dolor y el peso de los restos de cemento y piedra, la lluvia limpiaba las partes descubiertas de mi exoesqueleto, y se llevaba lentamente mi consciencia junto a los restos de carne y sangre de mis aliados. Luego vino la oscuridad y la paz… hasta que desperté en este desierto alejado del campo de batalla.

  Pasaron las horas, y nadie parecía haber escuchado mi aviso de socorro. Comprobé nuevamente los instrumentos digitales de comunicación de mi armadura de combate y todo seguía estando perfectamente. Pese al sistema artificial de soporte vital, que contrarresta, hasta cierto límite, los efectos de los climas extremos, notaba cómo el sol calentaba el exterior del exoesqueleto. Lo grave de la situación era que no tenía allí nada para poder comer o beber, y la sed comenzaba a apoderarse con lentitud de mí.
  Tomé la determinación de comenzar a moverme hacia donde los sensores habían calculado que se encontraba mi último puesto. Al menos, seguía en Riskar III. Además, cada diez kilómetros, enviaría nuevos mensajes con las coordenadas actualizadas para que el posible equipo de rescate me pudiera seguir la pista.
  La marcha fue lenta y pesada a través de una llanura que parecía no tener fin. A pesar de llevar varias horas caminando, las montañas del horizonte no parecían acercarse lo más mínimo. Este hecho podía deberse a un efecto óptico propio de los desiertos y otras regiones con grandes explanadas o a algún factor extraño que desconocía por completo.
  No obstante, el esfuerzo físico no representaba un problema excesivamente complicado, dado mi entrenamiento militar, además, mientras las baterías de fusión de la armadura de combate tuvieran carga, ésta sería igual de liviana que un traje de verano. Pero lo que realmente trastornaba mi mente era la terrible soledad a la que me habían forzado las circunstancias de aquellos momentos. Pues nadie se comunicaba conmigo y a nadie veía durante mi trayecto por aquel yermo soleado. De este modo, la terrible soledad se abatía sobre mí, tentándome a no proseguir con falsas promesas o con amenazas de posibles sucesos que, en ese momento, no podía refutar.
  La soledad es un azote que sufre todo ser humano, aunque a veces esté rodeado de gente, pues no es del todo un estado físico, sino que en su mayor parte se encuentra en la mente humana, agazapada, esperando la oportunidad de destruir la felicidad de cualquiera que, consciente o inconscientemente, se lo permita. Esa misma soledad es uno de los auténticos enemigos del ser humano porque, por mucho que se esfuerce una persona, siempre habrá momentos en los que se sienta sola, y, entonces habrá perdido esa batalla, aunque no la guerra.
  Algunos dicen que la soledad es útil para reforzar la individualidad del ser humano, pero, al igual que otros estados de éste, se trata de un arma de doble filo que, si puede, se volverá contra su portador. Mas todos los seres humanos somos portadores de la soledad, que alimenta nuestra tristeza y desmiembra nuestras esperanzas para lograr la felicidad.
  Pero, ¿de qué modo combatimos la soledad?
  La solución más popular es la búsqueda de otras personas con las que compartir nuestros sueños, nuestras aficiones, nuestras inquietudes y, en fin, todo aquello que forma nuestra vida; y la máxima expresión de esta opción es el amor, que representa, sin duda la mejor arma contra la soledad…, mientras dure, pues si falla, la soledad ganará mucho más terreno, desesperando más acusadamente a la persona. Otra opción, menos apropiada pero, desgraciadamente, bastante recurrente por los seres humanos, es la evasión de la realidad por parte de la persona que se siente sola; existen muchos modos de realizar esta evasión, desde las drogas de mayor o menor categoría, hasta los medios audiovisuales, en los que cualquiera se puede desconectar de la realidad. Pero aquellos que recurren a este último recurso, pueden terminar perdiéndose y olvidando cuál es la realidad. El método más adecuado para vencer de manera casi permanente a la soledad es logrando un equilibrio con ella, es decir, demostrándole que se puede vivir normalmente tanto acompañado, como en soledad; por desgracia, pocas personas consiguen alcanzar tal equilibrio. Por último, están aquellos que se rinden a la soledad y llegan a la errónea conclusión de que el único medio de vencerla es dejando de vivir, cuando, en realidad, es lo contrario; ya que el triunfo de la soledad sobre el ser humano llega cuando alimenta su desesperación y su tristeza hasta tal punto que le obliga a dejar de existir.
  Mientras estas reflexiones sobre mi situación actual llenaban mi mente, en un intento racionalizado por combatir la soledad que me atenazaba en aquellos instantes, pude ver varias plantas muy parecidas a las terfezias terráqueas, o trufas del desierto, bajo un montículo de arena. Probé un pequeño pedazo de una de ellas, para comprobar que no era tóxica, y al ver que no era venenosa, consumí todas las que había, lo cual alivió un poco tanto mi hambre como mi sed del día, que estaba terminando, tiñendo de tonos ocres el cielo violáceo de aquel planeta mientras el sol del sistema planetario se ocultaba tras las aún lejanas montañas. Y el extremo frío sustituyó al calor extremo.

  Un manto de estrellas cubrió el cielo que, desde aquel páramo, se veía inmenso. En cierto sentido, me daba la sensación de encontrarme en una curiosa catedral antigua cuya cúpula estaba particularmente pintada para dar una terrible sensación de grandeza que empequeñecía a la criatura más poderosa. Pero, por otra parte, esa ventana al universo que es el cielo nocturno sólo acrecentaba mi sensación de soledad al mostrarme el enorme vacío espacial.
  Mientras intentaba desechar esas ideas de mi mente, me planteé ser práctico y buscar algún tipo de refugio en medio de aquel desierto pedregoso. Gracias a mi casco, que tiene visor nocturno, pude contrarrestar la poca luz, procedente de las lejanas estrellas, que había en la zona, y mirar en las tinieblas como si estuviese a pleno día.
  Después de un par de horas deambulando por el solitario desierto, en el que tan solo las criaturas nocturnas de ese tipo de terrenos aparecían de vez en cuando, para ocultarse nuevamente casi al segundo, hallé una pequeña gruta donde poder descansar con cierto resguardo. A pesar de que los sistemas de mi armadura continuaban contrarrestando las inclemencias del clima local prefería la escasa seguridad y recogimiento de un lugar donde no soplase casi continuamente el viento frío de la noche. Por lo tanto, apoyé mi espalda contra la pétrea pared anaranjada de la gruta y me tumbé para disponerme a descansar.
  Mas no conseguí dormirme fácilmente, pues el hecho de estar en un lugar inhóspito y desconocido  mantenía mis sentidos y mi mente en un estado de alerta casi constante. No obstante, tras varias horas, el cansancio venció a mi despierto estado de alerta.

  El comandante Yoshiro presionó la tecla que apagaba la pantalla donde había estado leyendo el informe del sargento Barceló, y se acomodó en su sillón en actitud reflexiva. Tras varios minutos, llamó al doctor Huckson por el intercomunicador, que no tardó en aparecer.
-        ¿Cómo está el sargento ahora mismo? – preguntó el comandante.
-        Físicamente, está como un roble, tras haber salido del coma hace un mes, pero su mente continúa estando algo confusa – fue la respuesta del doctor.
-        ¿Los implantes cibernéticos no han sido rechazados por su organismo?
-        Aparentemente no, aunque su implante cerebral sigue enviando informes sobre la situación ficticia en la que está inmerso.
-        ¿Es posible que sea una respuesta negativa a los implantes?, ¿qué ese mundo imaginario donde cree estar sea un refugio mental para no reconocer su situación real?
-        En ese caso, podría afirmar que está comenzando el proceso de rechazo de los mismos. Sería un rechazo del tipo B34, es decir, aunque voluntariamente acepta su nueva condición, su subconsciente no lo hace, obligándole a permanecer en ese estado de autismo.
-        Él cree que está solo, deambulando por un desierto sin poder contactar con nadie más, ¿se podría engañar al resto de su cerebro para crear una especie de respuesta que lo devolviera a la realidad?
-        Sería muy arriesgado, señor. Ya que podría enloquecer del todo. Y, con todos mis respetos, no creo que quiera un soldado cibernético mentalmente inestable.
-        No…, por supuesto. Pero me apena mucho que otro hombre valiente acabe en un estado tan lamentable.
-         El Proyecto Cibersoldado, como sabe, se creó para rehabilitar a los soldados caídos en batallas cuyo perfil ha sido aprobado para ello, pero la mente humana sigue siendo demasiado compleja para poder determinar todos los pormenores que puedan surgir. 
-     Es una pena que un héroe no sepa que lo es – concluyó el comandante mientras hacía un gesto al doctor para que dejara la estancia.


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